La clase media de la literatura | Natalia Chávez

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En una de las actitudes más clichés en las que he caído en esta pausa global de la vida, comencé a leer Ulises de James Joyce por tercera vez. He llegado más lejos que otras veces, lo cual no significa lejos. Nunca he mentido al respecto de haberlo leído e incluso he tenido la caradura de celebrar el Bloomsday tomando cerveza con amigos que también saben qué es el Bloomsday. Yo solo iba por la cerveza y nunca expresé algo diferente. Lo único que me permite hablar de Ulises siendo que no lo he leído es saber que existe tal obra y que entiendo o creo entender su magnitud en la Historia y en la Literatura con hache y ele mayúsculas.

Sin embargo, la idea de lo épico y monumental me incomoda cada vez más, especialmente a medida que comprendo que el arte se expande rizomática y horizontalmente, y no en columnas/pedestales de tradiciones fijas. Entiendo los motivos por los que algo alcanza renombre y llega a ocupar el lugar que ocupa -temas universales ingeniosamente localizados, filosofía, innovación formal, etcétera-, pero entiendo también que hay factores ajenos a esas cualidades que hacen más visible a una obra y es eso lo que me pone a la defensiva y/o reacia a aceptar las unidades de medida de “lo bueno”.

Acá cabe recordar que hay mercados culturales cuyos puertos son espacios diseñados para el paso de embarcaciones de cierta potencia y dimensión, hechas de forma que cumplen con aquello que los líderes de opinión del rubro consideran artefactos verdaderos: la literatura respetable. Estos espacios y caminos son ciertas instituciones, editoriales, premios, ciudades. Todo ello constituye el invernadero en que se cultivan bellas flores en óptimas y estudiadas condiciones de temperatura, luz y nutrientes. ¿Dónde queda lo silvestre? ¿Dónde las macetas austeras e impredecibles que aun en su pequeñez son, en ocasiones, lo único verde de una oficina gris?

En El grado cero de la escritura (Ed. Beacon Press, 1953), Roland Barthes explica la literatura como imagen que resulta de la intersección de dos vectores que están en relación entre sí a través de una función. Estos son: el lenguaje (objeto), el estilo (objeto) y el acto de escribir (función). Para él, los tres tienen en su composición una sustancia histórica, en el sentido de que tanto el lenguaje (sistema semántico), el estilo (decisiones de escritura) y el acto de escribir (el motivo, por ponerlo de modo simple) toman las formas que toman porque hay información que les precede en cada campo. Es decir, así como otras cosas que determinan nuestro valor en un sistema de sentidos sociales construidos por quienes tenían la palabra en su momento, la idea de qué literatura es importante resulta, también, relativa: es lógico que quienes han leído libros grandes y pesados, y han tenido en la infancia bibliotecas bien surtidas en las casas de sus padres, hayan desarrollado cierta capacidad de entendimiento del mundo y cierta habilidad de apreciación estética gracias a la variedad de ejemplos de escritura a las que han tenido acceso. Esas personas han existido en todas las épocas.

En lo personal, llegué tarde a casi todos esos monumentos imperdibles de la literatura y no he hecho ni el intento de visitar algunos porque el tiempo no me alcanza para hacerlo “todo bien”. Mi actitud iconoclasta resulta de la sensación que tengo de que muchas de esas cosas que no puedo abarcar me hacen pensar que tengo fallas y vacíos precisamente porque no puedo abarcarlas.

Por otro lado, recientemente me topé con una reseña que hizo la editorial Yerba Mala Cartonera de Salmuera, mi último libro de cuentos. Entre otras cosas, decían que “En un balance general los niños filipinos expresamos que hace falta un par de viajes más a Nueva York para darle sustancia al libro y a Chávez el título de escritora boliviana.” Antes de esa sentencia, hubo una alusión a que los personajes, igual que la autora, viajan. Entre sentir satisfacción por que me lean y lidiar con el impacto emocional que genera toda desaprobación, sentí también una punzada de rechazo de otro espacio: tampoco pertenezco a “lo marginal” porque he tenido acceso a ciertas experiencias formativas que, en teoría, deberían haberme bastado para “escribir bien”. En todo caso, sé que una breve mención no refleja la opinión de todo el colectivo artístico cartonero de nuestra galaxia, pero mi cerebro a veces no puede evitar verlo todo inflado y deforme.

A modo de bálsamo, vino Barthes al rescate. Con la voz que imagino hubiera tenido un abuelo que nunca me habló de, qué se yo, Rubén Darío, dijo sobándome la cabeza imaginariamente: “El lenguaje es un horizonte y el estilo una dimensión vertical; juntos forman ‘lo Natural’ para el escritor, dado que él no escoge ninguno de los dos.” (p.13) y así recordé que lo que me ha tocado como bagaje intelectual no es reparable, dado que ingerí cierta información en cierto momento, y lo demás fue encontrando su lugar encima y en relación con eso. Es decir, cualquier intento de reparación no reemplaza automáticamente lo que ya estaba, en el mejor de los casos, lo reforma. Y bueno, da bastante igual si consideramos que, quizá, al escribir busco otras cosas y no una palmada en la espalda. Quizá solo garabateo distraídamente. Quizá no voy a cambiar el curso de la historia. Quizá todo. Quizá nada.

De cualquier forma, sigo adicionando bultos a esa carga que, con cada frenazo y cada aceleración en el camino, se acomoda. E iré a donde tenga que ir.

* Actualización de texto al momento de entrega: Desde que comencé el artículo hace días, no he avanzado una sola página más de Ulises. Sí he leído muchos emails. Y poesía. Y tweets.

* Actualización de texto al momento de edición: Acabo de recordar que una vez hace mucho tiempo, pero no tanto, mi papá iba a viajar a Buenos Aires y le pedí que me trajera algunos libros. Le escribí una lista en un papelito y puse James Joyce, sin más. Me pregunto qué hubiera pasado si en vez de sus increíbles cuentos en Dublineses me hubiera traído ese otro armatroste intimidante que originó este artículo. Tal vez hoy sería ingeniera.

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