Rocky en los Andes | Oscar Martínez

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Recuerdo haber comido mi primer pollo Copacabana una noche de octubre de 1985 en la calle Comercio. Pasa que el tío era trompetista en una orquesta de cumbia que se llamaba Los reyes del swing. Ustedes dirán ¿Y eso qué carajo tiene que ver con los pollos Copacabana? Esperen un rato. La cosa es que mi tío Freddy, el trompetista, medía casi dos metros y aquí, en Metropolitana, por ese entonces, medir casi dos metros equivalía ser un monstruo o algo así. El hipertiroidismo lo había vuelto medio robusto y desgarbado. Verlo andar por las calles era todo un espectáculo. La gente se hacía a un lado o lo miraban boquiabiertos. Las cholitas se persignaban y pellizcaban a sus wawas para que lloren, chillen y espanten a mi pobre tío que, sin embargo, era un tipo con una autoestima altísima porque, antes de ser trompetista, fue boxeador; disfrutaba que la gente le tenga miedo y lo admiren. Peor sería ser un enano de circo chileno, decía. Y creo que tenía razón.

En colegio, siendo niño aún, ya era grandote y, según cuenta mi papá, el tío era un abusivo que le pegaba a todo el mundo. Quisieron expulsarlo muchas veces, pero no podían hacerlo. El director del colegio, el Padre Iscariotti, lo amaba porque en su infancia mi tío había sido el monaguillo estrella del Don Bosco, y hasta decía que si la gente iba a misa era solamente para verlo enfundado en su sotana, agarrando la campanilla o el cáliz con las hostias. Por eso, por puro agradecimiento, a mi tío no lo botaban del cole. El profe de educación física, creyendo que podría usar su «estatura de titán» y «fuerza prodigiosa», lo llevó a la Asociación Departamental de Boxeo para que entrene y participe en el torneo local. El tío me contó que ese tiempo fue bueno porque salió campeón departamental y luego nacional. Bueno, eso dice él. También me contó que la gente lo aclamaba y que muchas veces intentaron cargarlo en hombros, pero que al rato dejaban de intentarlo porque tenían miedo de morir aplastados. Todo fue así hasta que una mala noche, un peruano, más grande que él, vino a terminar con su meteórica carrera pugilística después de noquearlo en el tercer round. Lo poco que se puede acordar el tío, de la pelea, son las luces que giraban y giraban sin que nadie pudiera detenerlas, ah, y que después despertó en el hospital, con la abuela llorando al lado de su cama. El uppercut que le había metido el peruano le provocó una conmoción cerebral y una fractura en el cuello que casi lo mata y, por suerte, solo lo dejó en cama por un par de meses y ahí, durante la convalecencia, justo aprendió a tocar la trompeta.

Parece que lo del tío era la trompeta y la movida tropical, digo, porque después de años dándole a la soplada se volvió no más un eximio de su instrumento y un buen día hasta se puso a componer canciones. Cuando lo contrataron en Los reyes del swing fue el día más feliz de su vida. En la orquesta conoció a su esposa, una de las coristas, y ahí, cuando bailaba en los matrimonios y prestes, cuando tocaba la trompeta, se lo veía feliz. Él me enseñó a bailar cumbia, fue en una navidad, su canción favorita era un merengue que se llamaba «Volveré».

Una noche de octubre, no recuerdo exactamente el día, vino a decirme que lo acompañe al cine. Quería ver Rocky IV en el cine Universo. Después de rogarle a mi madre que me deje ir, nos abrigamos y cruzamos las ocho cuadras que nos separaban del cine, rezábamos para poder encontrar entradas.

Cuando llegamos, nuestras esperanzas se fueron al suelo. El cine estaba hirviendo en medio de una masa iracunda que amenazaba con echar abajo las puertas. Era el último día de exhibición, después de tres exitosos meses en cartelera y con público lleno a diario. Deambulábamos en medio del caos y preguntábamos ingenuamente si había entradas. Nadie nos respondía. En eso llegó la cana en una patrulla Ford Falcon, pintada de blanco y negro. Descendieron cuatro policías que empezaron a repartir carajos y después a golpear a todo el mundo con sus bastones, todo para que formaran una sola fila.

Me dije a mí mismo que ya no había nada que hacer y que volveríamos a casa sin haber visto la peli, pero no. El tío Freddy, astuto como era, se acercó a un par de adolescentes que estaban llorando porque habían perdido a su hermanito en el tumulto, habló un poco con ellos y les encajó un billete de cien mil pesos, y sin dejar que lo piensen les arrebató un par de entradas. Nos formamos casi al final de la fila y entramos de puro milagro en la penúltima fila de platea. Había gente parada en los pasillos. Al final, no miento, los policías también entraron a ver la película.

Cuando apagaron la luz, la gente empezó a silbar y a zapatear porque la pantalla se quedó oscura mientras el audio estaba corriendo. Nosotros también nos pusimos a gemir y zapatear. Hasta que se hizo la luz y aparecieron las imágenes. Primero pasaron una publicidad de 7 Up: una rubia en traje de baño se lanzaba a una piscina llena de 7 Up y cubos de hielo gigantes que flotaban en la fantasmal piscina que estaba en medio de un desierto de arena blanca. No sé por qué, pero en los días de ch’aqui esa publicidad se me viene a la mente.

Después vinieron los adelantos de las próximas películas en cartelera, unas re viejas de Bud Spencer y Trinity, luego pasaron un documental aburridísimo, El espejo de Alemania, sobre la industria metalúrgica alemana y no sé qué cuentos chinos. Finalmente, empezó la película.

Creo que no he tenido esa sensación de euforia otra vez. Hubo silencio, gimoteos y desesperanza total cuando Apolo Creed murió. Vimos a Rocky entrenando en la nieve con el borracho del Pauli, mientras en vano los agentes de la KGB los perseguían por la fría tundra soviética que seguro inspiró a Tolstoi y a Dostoievski. La gente aplaudía, cerraban los puños y acompañaban a Rocky en el esfuerzo, mientras que el tío Freddy miraba quieto e hipnotizado, agarrándose muy fuerte a su asiento. Cuando el ruso aparecía, la gente se ponía a silbar, gritándole ¡Maricón! y otras cosas peores.

Para qué describir cómo reaccionó la gente durante la escena de la pelea. Paroxismo total. El público miraba de pie, por eso yo también me tuve que parar. Los grandes subían a los chicos a sus hombros, gritaban y agitaban las manos, parodiaban los puñetazos. Acompañamos el conteo final al unísono y en coro. Cuando el réferí le levantó los brazos a Rocky, en señal de victoria, nos abrazamos entre todos y empezamos a corear y gritar el nombre de nuestro campeón hasta quedarnos afónicos.

Rocky ganó, Drago se rebeló, Gorbachov se emputó, sí, pero no le quedó otra que reconocer la superioridad de los norteamericanos. Igual que todo el público ruso, que aplaudió caballerosamente a Rocky, nosotros también aplaudimos al abandonar la sala con el corazón feliz y satisfecho.

Al salir del cine, mi tío se puso a hacer ejercicio y lamentó el hecho de que, con la cantidad de nieve que tenemos en las montañas, no haya un buen boxeador como Rocky. Después de revisar su billetera, me dijo que íbamos a ir a comer unos pollos bien deliciosos que habían abierto recién por la calle Comercio. Los pollos campeones de la ciudad, a decir de mi tío. Al llegar vimos a la misma multitud que en el cine, pero, como merecíamos festejar la victoria de Rocky y sobre todo porque el olor nos había llegado al alma, hicimos fila estoicamente durante una hora, corrimos el riesgo de que se acaben los pollos. Bien valió la pena. ¿Qué decir? Tal vez ha sido uno de los días más felices de mi vida y por eso lo recuerdo tan bien. Ese olor, el de pollos Copacabana, me ha acompañado casi toda la vida y me recuerda a mi tío Freddy y cada que paso por ah, su recuerdo se me mete al alma. Tal vez no suena muy bonito que se diga, pero es así.

Cuando mi papá murió, nos cambiamos de casa. Dejé de ver al tío Freddy. La última vez que hablamos, me acuerdo, fue una navidad, tres meses antes de que él también se muera.

Cuando mi vieja volvió del velorio, me contó lo que había sucedido. Me dijo que, noches atrás, mi tío estaba bebiendo en su casa con unos amigos que eran policías. Los vecinos decían que mi tío estaba muy borracho, que se puso a discutir agriamente con uno de los policías y le gritaba e insultaba. Este policía, el dueño del arma, confesó que lo desafió a mostrar su valor jugando a la ruleta rusa. Una sola bala en el tambor y al que le toca le toca. Uno de mis primos contó que tuvieron que limpiar sus sesos de las paredes y que, desde entonces, ya nadie vive en esa casa porque se escuchan ruidos de pisadas y lamentos y una que otra madrugada también se oyen algunas melodías que parecen provenir de la trompeta bien afinada del tío Freddy.

Bueno, tal vez ya terminé la historia en otro lugar, más arriba, pero ya está. Esa fue la primera vez que comí un pollo Copacabana.

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