La jota de Bergerac | Carlos Velázquez

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Las jotas que nos vestimos de mujer somos seres fascinantes, se dijo Alexia.

Entre el bufe y la anorexia, el rush y la putería, el dopaje y las canciones de amor no correspondido, Alexia era la más bonita, la más escultural, la más perfecta de todas las «vestidas» de la ciudad. Solo tenía un defecto: su nariz. Un promontorio obsceno, insultante, desproporcionado. Empecinado en desafiar la delicadeza de su rostro de modelo europea de imitación. Libre de imperfecciones, de impurezas, de cicatrices.

Las jotas que nos vestimos de mujer somos seres fascinantes, repitió frente al espejo, e ignoró el abultamiento en su rostro. Abultamiento que asemejaba la lomita del pícher en un campo de béisbol.

«Él me mintió. Él me dijo que me amaba. No era verdad. Él me mintió». La voz de Amanda Miguel salía de una grabadora. Oír esa canción mientras se colocaba la peluca se había convertido en un ritual insondable. Ni Marisela, ni Lupita D’ Alessio, ni Myriam de la Academia conseguían sacarla del masomeneo que experimentaba cada noche de sábado antes de salir a putear. De qué le servía lucir más guapa que cualquiera de las «vestidas» que recorrían la avenida Morelos si nunca había ganado el Miss Gay.

Alexia era una jota masomeneada. Soñaba con encabezar la marcha del orgullo gay. Había nacido para ser una reina. Y sus clientes la llamaban niña, nena, princesa. Pero nunca reina. Una primera dama, pensaba, no puede presumir una nariz como esta. Por eso no me colocan la corona. Cada año participaba en el concurso. Cada año ganaba en la categoría de mejor figura. Cada año los jurados anhelaban entregarle el primer lugar, pero en cuanto la miraban a la cara se decidían por otra participante. La nariz de Alexia los ofendía. Fue entonces, después de perder tres ocasiones consecutivas el certamen, que decidió operarse.

Así como a cada puta le llega su padrote, a cada loca le nace su mayate. Y el mayate inconcebible de Alexia no era ningún cholo, ningún albañil, ningún malandro. Su explotador era su propia nariz. Que lo obligaba a prostituirse incansablemente los fines de semana. «El cuerpo es un tirano» había oído decir a una «vestida». Hasta que otra la corrigió, «No, mana. El tirano es el culo». «La verga es la tirana», terció otra más. Todas estaban equivocadas, pensaba Alexia. La única tirana era la verdad. Y la verdad de Alexia era que pertenecía a esa clase de joto que luce mejor vestido de mujer que de civil.

>Existen dos clases de «vestidas». Las vestidas de tiempo completo, las full, y las que solo se transforman para trabajar. Alexia era una mujer. A la que no le importaría esclavizarse para siempre a unos tacones si no fuera por la mendiga nariz que le otorgaba una apariencia freak. En el «ambiente» los defectos de fábrica son el tormento personal. Las lonjas, las piernas flacas, la falta de senos. Pretextos ideales para ejercer la falta de autoestima.

Y qué es una jota sin autoestima. Una jota feliz. Desinhibida. Pero Alexia no podía ser feliz, no siendo tan fashion. Que se resignaran las malhechas, las hombrunas, las marranas. Ella no. Ella se encontraba a una cirugía de la perfección. «Antes muerta que operada», le había ladrado una «vestida» afuera de La rueda. Pinche envidiosa, pensó Alexia. Pero ora que me haga la rinoplastia me voy a levantar a toda la puta ciudad y las voy a dejar sin clientes, culeras.

Las jotas que nos vestimos de mujer somos seres fascinantes, insistió Alexia.

Le prendió una veladora a San Judas Tadeo y salió a la calle. Era una morena de espectacular. Qué diferencia con su atuendo de Alex. Como hombre era una figura sin chiste, ignorable. El atractivo de su cuerpo desaparecía. Por el contrario, las mallas y la minifalda lo convertían en un objeto deseable a cualquier hora de la madrugada. Era tan escandaloso el contraste que como Alex jamás había logrado levantarse un hombre.

Aquella noche no se decidía a hacer la Morelos o a sentarse en la esquina de La plaza de armas o a plantarse afuera de La rueda. En los últimos meses la clientela andaba escasa. La crisis permanente, el aumento masivo de la pérdida de empleos, las narcoejecuciones y una falsa alarma de amenaza epidemiológica provocaban que los clientes se sordearan. Que se refugiaran en la masturbación. O que desarrollaran inéditas parafilias. Solo los incondicionales patrullaban las noches en busca de su dosis de cuerpo. Recibieran o fueran recibidos.

A los catorce años, dos sucesos habían transformado la vida de Alexia. Y aunque pareciera que fueran responsables de todo el devenir de su vida, en realidad lo sustancioso no eran los acontecimientos sino lo que desencadenaban. A partir de ese momento todo sería transformación. Alexia no dejaría nunca de metamorfosearse.

Apareció el deseo. No el deseo por ser activa o pasiva. O ambas. El deseo por ser una transformer profesional. Por nunca vivir una transacción con un cliente de la misma forma. Ser distinta siempre. Que un cliente asiduo nunca se acostara con la misma Alexia. Que nunca se familiarizara con ella. Sin importar cuántas cogidas hubieran pactado. Sin importar la cantidad de pelos, sudor, caca, semen y sangre que se dilapidara.

El principal orgullo de Alexia era satisfacer al cliente. Proporcionarle el placer exigido. A los catorce años, un señor barrigón la llevó al río creyendo que era mozuela. Pero ya era puta. Había perdido la virginidad a los doce con un tío. Al final, después del acostón, el señor la recompensó con unos billetes. Y recibir dinero a cambio de obsequiar su cuerpo pobló a Alexia de un retorcido sentido del deber. Exprimiría su carne. Si fuera una mujer anatómicamente correcta, pensó, rentaría mi útero.

Después, vino el amor. Y la decepción. Existe una diferencia abismal entre un hombre y una mujer que se prostituyen. Cuando ambos han sufrido una derrota amorosa, la mujer se dedica, con indiferencia y menosprecio, a reconstruir el trauma, el complejo (las tetas pequeñas, la ausencia de nalgas). El hombre no, él se dedica con ahínco a reconstruir su amor. Y sin importar que no pudiera volver a enamorarse, como le sucedía a Alexia, en verdad se entregaba en cada transacción. Era contradictorio. Alexia no confiaba en los hombres, no deseaba uno a su lado, no soñaba más con la réplica del hogar heterosexual. Sin embargo, era capaz de ser la mejor ama de casa de la historia.

Cirujearse era la única solución. Pero a ese paso, la calle estaba muerta, tardaría cinco años en reunir el dinero. Entonces tendría treinta y cinco años. Y sería una reina marchita. No entendía cómo una muñeca de su altura tenía que sobajarse a mamarle la verga a cualquiera por cincuenta pesos. Ella tenía la obligación de vender caro su amor. De cotizarse. Al cliente lo que pida, aseguraba, pero hay niveles. Una jota puede enamorarse de un cholo, de un macuarro, de un marranilla, pero el negocio era sagrado.

Necesitaba juntar una cantidad escandalosa, no era como sacar para la piedra. Trabajitos de cincuenta estaban bien para las adictas a las que les urge fumarse la dosis. Una intervención quirúrgica era un lujo al que ninguna de esas perdidas aspiraban. Una solución fácil para talonear el dinero era hacerse la querida de un narco o de un político. Otras lo habían conseguido. Pero, una vez más, su nariz se interponía.

Tras mamar dos o tres miembros, las «vestidas», ante la falta de clientela, ingresaban a La rueda a bailar, a beber. Alexia no. Se mantenía inamovible. Era la reproducción idéntica de Marga López en Salón México. Se arrastraba por un mísero peso. No para pagar los estudios de su hermana. Para erradicar de su rostro la ignominia que representaba su nariz. «Vente, jota», le dijo La Tropicana. «Entremos, ya no hay nada». Sin embargo, Alexia no renunciaba. No le agradaba mamársela a borrachines, a pordioseros, a cargadores, pero se repetía a sí misma: Es parte del chou.

La rueda era el bar gay de más jerarquía en la ciudad. Adentro, jotos, «vestidas», mayates y lesbianas medio socializaban, porque como dijo una de ellas, «Ya ven cómo hay jotas raras». Alexia solo entraba al bar una vez a la semana. A tomarse unas cervezas. A ligar. O a oír los chismarajos. Otras se la vivían dentro. No podían respirar en la calle. Alexia no, se quejaba de que no soportaba ver a tanto joto junto.

Una noche, a las cuatro de la mañana, no quedaba nadie en la esquina excepto ella. Estaba a punto de largarse a su casa. A cumplir con la obligación desoladora de volver a ser Alex. A deprimirse porque como Alex no valía nada. Los hombres lo detestaban. Algo atroz, se recriminaba, porque hasta la jotilla menos agraciada agarraba siquiera un taquito. Lo del señor barrigón, su primer cliente, fue debido a la edad. Entonces era un lolito. Y su fama de ninfeto se desvaneció con los años. Su imagen de apetitosa criatura se trasmutó en el apelativo La jota de Bergerac. Pinches «vestidas», son reignorantes, pero cuando se trata de ridiculizar a otras son chingativas hasta lo culto.

Era una noche mala para Alexia. Ni una mísera mamada le había caído. Y lucía sensacional, no sensacionalista como las otras locas deformes, en su vestido rojo pegado al cuerpo, tacones de aguja negros, acompañado por un monedero imitación de piel de lagarto. Lista para desfilar por la alfombra roja. Como una Eva Longoria.

Era una madrugada calurosa. Se encaminó a la acera opuesta para subir a un taxi, pero un auto rojo le impidió continuar con su trayecto.

Fue así como conoció a Wilmar. Y el cubano le cambió la vida.

A la mañana siguiente Alexia volvió a ser el insignificante Alex. Un putito narizón con chanclas. Cómo extrañaba el magnetismo que imponían las zapatillas. El paso tumbahombres.

La fama de su nariz se había extendido a todo el barrio. El apodo de La jota de Bergerac era de dominio público. A sus espaldas lo bergeraciaban. Despiadaban sobre su descomunal nariz. Pero él era Marga López en Salón México. No importaba cuántas vejaciones sufriera, cuánta purgación le promovieran, la recompensa sería abandonar el limbo de la indiferencia de los jueces del concurso. «Jota nariz de gallega», «Cotorrita», «Jota hornillona», era la carrilla que Alexia soportaba. Pero esa mañana los furibundos adjetivos no la masomeneaban. Solo pensaba en el cubano. Palos y piedras me lastimarán, palabras no, se decía.

Mientras lavaba los trastes recordó las vicisitudes de la noche anterior. Su huida, de los brazos de Wilmar, cual vil Cenicienta incómoda. Quien no se obsequió siquiera con una zapatilla que permitiera seguirle el rastro.

A las dos ya estaba decidida a marcharse a casa. A cumplir con el rito de oír a Amanda Miguel al momento de despojarse de su peluca, «Mentiras, todo era mentiras. Palabras al viento», cuando un cubano desde un auto rojo le preguntó su nombre.

Cómo es que tú te llamas, cosa rica.

Alexia respondió insegura. Cohibida, por temor a que la aproximación de su rostro fuera a espantar al cliente. Después de que ardió el fuego de su nariz, empezó el humo de la resignación. Wilmar no se amedrentó por la indecible protuberancia que afeaba el rostro de Alexia. El desánimo que experimentaba Alexia, el mismo que padece alguien cuando ve un auto del año chocado, menguó con la naturalidad que le prodigaba el cubano. Como si su nariz no existiera. Aunque fuera innegable. Sin embargo, Wilmar admiró las propiedades anatómicas de Alexia. No reconocía mejor cuerpo en una «vestida» desde que había arribado a la ciudad.

¿Te acompaño?, consultó Alexia, intuitiva, sospechaba que el cubano era generoso. Podría hacer la noche con un solo cliente.

Yo soy muy especial, le respondió. ¿Me tratarás bien, titi?

A Alexia le hubiera gustado regalarse al turista, se sintió conmovida por el cubano, pero su desesperada situación la obligaba a cobrar por sus servicios. Cuando dentro del auto Wilmar le dijo Qué cosa rica tan bien armada, adoró encontrase con alguien que por fin reconociera las virtudes de su cuerpo.

Y era solo el principio de lo que Alexia podía ofrecer. Meterse con una «vestida» en ocasiones es decepcionante. Desnudas son un despojo. Por esa razón algunas prefieren no desvestirse por completo. Que las penetren o penetrar con su atuendo intacto. Es comprensible. Imaginen a la Mujer Maravilla sin su lazo dorado. Sería como cualquier ñora gorda. La diferencia que marcaba Alexia era que al encuerarse develaba sorpresas. Las piernas, las nalgas, la verga, el cuerpo fibroso sin llegar a ser masculino, la peluca radiante, todo se sumaba para consolidarse como la fantasía perfecta de cualquier aficionado a los travestis.

Wilmar, a quien le encantaba ocupar, pero también ser ocupado por un miembro mientras sentía una peluca restregarse contra su espalda, se sintió desarmado ante ese crack hecho de carne. No como las otras «vestidas», que solo ofrecían debacle. Y el trauma, el complejo, que siempre impelía a Alexia a trabajar con la luz apagada se difuminó en la habitación del Fiesta Inn. Durante el acto el cubano se colocó detrás de Alexia, quién se sacudía de pie por las embestidas del negrón. Absorta, no se percató de que se situaban frente al espejo. Solo hasta que alcanzó a levantar la cabeza se enteró de lo que sucedía. Desafiante, sostuvo su mirada sobre su nariz. De inmediato, silenciosa, comenzó a llorar. La rabia la inundó a causa de su geografía facial. El cubano la sorprendió llorando. No se detuvo. Continuó con la penetración hasta eyacular como elefante: un litro de semen.

Qué es lo que te tiene acongojá, chichi, le preguntó Wilmar.

Alexia encendió un cigarro. Como buena jota mintió. No quería descifrarse ante él. Inventó una historia. Su madre enferma. Su hermano desempleado. Su vida en la catástrofe. Tranquila, chica, no te arrecies, le dijo el cubano. Te pagaré buenas fulas por la «templeta». Wilmar andaba forrado. Era la nueva adquisición del equipo de béisbol Vaqueros Laguna. El pícher estrella. Hacía como tres semanas que había llegado a reforzar al equipo. Desde su primera noche libre en la ciudad se había dedicado a cazar «vestidas». Su vicio. No bebía, no fumaba, no consumía drogas. Su delirio eran las «vestidas».

Todo el día Alexia pensó en Wilmar. No lo amaba, no. Se había prometido a sí misma jamás volver a involucrar sus emociones. Que la usaran, la mancillaran, transgredieran. Que la lastimaran. Pero que no la enamoraran. Desde que su tío, su iniciador, le rompiera el corazón, jamás volvería a poner sus emociones al descubierto. El gesto del cubano la había conmovido. No al grado de desarrollar sentimientos hacia él. La cautivó indagar que en el mundo todavía existían personas que se alimentaban de los sentidos. Que no les importaba tragar el escarnio, a cambio de descifrar el placer implícito en un cuerpo.

«No me vuelvo a enamorar. Totalmente, para qué. Si la primera vez que entregué mi corazón, me equivoqué», cantaba Alexia. Y recordó el «Pelucón» que le organizó su tía a los trece años. La vocación de Alex por vestirse de mujer desde pequeño divertía a la hermana de su mamá. Una ñora, con los deseos frustrados de tener una hija, que disfrutaba ver a su sobrino en el papel de señorita. A escondidas lo maquillaba. Le enchinaba las pestañas. Le enseñaba a caminar con zapatillas. Lo mimaba con vestidos, falditas, corpiños. Una «vestida» es como un carro alterado. A Alexia le tunearon la psique y el motor. Pero la más exitosa trasformación la sufrió en la carrocería. Su tía, orgullosa, después de promover entre las vecinas una hamburguesada para comprarle su peluca de cabello original, el famoso «Pelucón», le tomó una fotografía. Y solo hasta que la revelaron, Alexia descubrió que su estado ideal era vestido de mujer.

Wilmar era un golden boy para el equipo. Para Alexia la oportunidad de conseguirse un cliente fijo. Un consumista de su carne que le garantizara determinada cantidad en un periodo no demasiado prolongado. Sintió que la operación estaba próxima. Debía aprovechar el descuento de diez mil pesos que promocionaba un cirujano en la página de un periódico amarillista. Con celo, guardaba en un cajón el cupón doblado que en una ocasión arrancara frente a los ojos de otra jota, quien soltó una risita. Alexia se ofendió, pero secretamente se guardó el papel.

A las ocho de la noche se echó en la cama a mirar películas en blanco y negro. Prefería encerrarse a mirar a Dolores del Río que pasear su nariz de yunque por la calle.

Wilmar era su Pedro Armendáriz. Su amuleto contra el infortunio. Alimento para su ego. Y por sobre todas las cosas, su ticket para la cirugía.

Una semana después del levantón Wilmar apareció en su auto en la esquina de Juárez y Muzquiz. Las «vestidas» chiquillas, de diecisiete diecinueve años, vampíricas impostadas, se lanzaron sobre el cliente convencidas de que La jota de Bergerac u otras más viejas no tendrían oportunidad de trato. Era la historia de los últimos dos años. Alexia perdía impacto. En sus inicios como puta los consumidores obviaban la fealdad de su nariz a cambio de la frescura de su mocedad. De la novedad de su cuerpo. Pero desde la irrupción de las cada vez más jovencitas «vestidas», catorce quince años, nadie le perdonaba su improperio facial. Nadie recordaba que bajo la aberrante nariz se localizaba un cuerpo sin fisuras, una aventura irrepetible. La clientela de las «vestidas» es vulgar. Solo desean ultrajar.

Y a ellas les encanta ser ultrajadas.

Excepto a Alexia. Quien dejó a todas pendejas cuando Wilmar bajó del auto, la tomó de la mano como a una reina y la condujo al asiento del copiloto para abrirle la puerta. Una deferencia prodigada solo a las hijas de familia, a las novias oficiales, artefactos más postizos que las «vestidas» mismas. Gigantas en su rencor, impolutas, las putas se consumieron en sedición al ver el Jetta rojo del año alejarse rumbo al bulevar.

En el interior del auto Alexia leyó Inglaterra en el desodorante para auto que colgaba del retrovisor. La palabra le cimbró la mente. Ella era una reina sin corona. Una reina saboteada. La referencia al país le removió las entrañas. Reconoció una alcurnia reservada solo para ella. Un discurso que le recordaba un origen perdido, insoportable, una raíz que se obcecaba en recobrar. Por eso la cirugía, la urgencia del cetro Miss Gay. Para no reprocharse a sí misma desobedecer su legado. Londres, era en lo único que pensaba Alexia en su segundo servicio a Wilmar. Vino a su mente el Big Ben al ver el enorme miembro del cubano. Aunque no lo conocía, mientras era penetrada recorría con su imaginación Camden Town. Se situaba frente a un aparador de Oxford Street enfundada en un abrigo atigrado.

Conforme Wilmar se acercaba al orgasmo, las visiones londinenses se sucedían vertiginosas en Alexia. Manolín, El médico de la salsa sonaba como soundtrack.

Fue así como se instituyó el trueque semanal entre el cubano y la «vestida». Wilmar se sometía al dogout del equipo durante las series y en su tiempo libre lo sometía Alexia. El éxito de la relación entre ambos radicaba en el gusto de Wilmar por una mulata con una buena verga entre las piernas. La «vestida» común se avergüenza de su miembro. Procura ir siempre bien montada. Alexia también, pero al momento de desnudarse sabe reconocer que es un hombre. Y sí, Wilmar era un Negrón al que le gustaba dar tranca insobornable. Pero en Alexia obtuvo su fantasía antaño añorada: una Eva Longoria mangueruda.

Siempre es lo mismo, se dijo Alexia, los pinches hombres y su vocación por bajarte la luna y las estrellas. En una cita, Wilmar le comunicó que deseaba sacarla de trabajar. El hombre es un falso redentor. Apenas habían transcurrido cuatro encuentros y Wilmar se instalaba en el papel de Miguel Inclán, el policía que quiere rescatar a Marga López de la vida disoluta en Salón México.

Los hombres nunca entenderán que las «vestidas» son bad seeds. El gospel de la redención jamás podrá tentarlas. La calle es una religión contra la que no se puede luchar. Es como unirte al narco, no te puedes zafar. La «vestida» nace y muere en la calle. Y se reproduce. Muta. Y los sabores que se experimentan en un cuerpo pueden descubrirse en otro cuerpo. No exactamente iguales, pero sí refriteados. El refil del sexo es como ver una película que aunque conocemos de memoria no podemos dejar de atender.

Wilmar, ¿qué no entiende que soy un travesti?, le ladró la Bergerac.

Cuánto odiaba esa palabra. Travesti. Un anacronismo que no la alcanzaba a definir. Que no la representaba. Un sofisma sin el glam de «vestida». Pero lo pronunció para no crear confusiones. Ni autocomplacencias. Pero era una «vestida». Tenía que trabajar para sostener a su pobre madre.

Y sin proponérselo, mencionó la operación.

Una herida que no debió exponer. Necesitaba mantenerse imperturbable ante Wilmar. Su lema, «Al cliente lo que pida», así se lo dictaba. Y sí, el cubano amaba su miembro, su peluca, pero en realidad lo que Wilmar demandaba de ella era la seguridad. El porte de reina. La ausencia de flaquezas. Evidenciar la cirugía fue abaratarse, perder target. Si Wilmar pagaba ochocientos pesos por acostón, su valor se reduciría a los doscientos. Su apendejamiento propiciaba una caída. ¿Se puede caer más bajo? Clara. Alexia no poseía nada excepto su identidad de «vestida». Y mientras no se bajara de los tacones podría manejar el mundo. Situarse encima de sus plataformas plateadas le garantizaba la supervivencia.

Coño, yo te pago la operación, aunque pa mí así estás perfecta, la consolaba el cubano. Tú eres pura candela.

Ante tal estupidez, a Alexia no le quedó otra salida que actuar como Marga López. Convaleciente, se hacía la fuerte. La irrenunciable. Trabajaría hasta el final de sus días para reunir el dinero que la transportara para siempre a ese Londres de la mente. A ese estado inmaculado y perverso de portar la corona Miss Gay. El certamen se realizaría en dos meses. Y la bancarrota emocional revelada a Wilmar aseguraba que nunca sería la ídola de todas esas queers, lesbianas, torcidas, «vestidas», jotas y loquitas que abarrotaban La rueda todos los sábados en la noche.

Una dinosaura, una jota más vieja y experimentada, le había recomendado a Alexia que para no acceder a un final debía evitar todo principio. Pero era demasiado tarde. Era imposible ahora desasir a Wilmar de su circunstancia. «La verga es cabrona», le hacían saber de pequeña. Y «la verga de travesti es aún más cabrona». Sabia virtud de conocer el tiempo glam. Cómo sordear a Wilmar. Cómo negarse a su protección. Si se ofrecía a pagar la cirugía. A cubrir por completo la operación.

La historia interminable. El surgir del caballero para rescatar a la dama en apuros. Treparla en su caballo blanco. Salvarla de las desavenencias del Érase una vez. Pero lo que Wilmar no atendía de su ofrecimiento es que Alexia no era una mujer. A una mujer le puedes prometer, le puedes fallar, la decepcionas y siempre estará ahí. Su naturaleza es perdonar.

A una «vestida» tienes que cumplirle.

No se trata de amor. Es un pacto. Entre hombres. Alexia lo rechazó. Sabía que eran los efectos de la calentura. Del enculamiento que el cubano padecía.

Úsame, Wilmar. Cógeme. Cógeme. Cógeme. Pero no pretendas enamorarme. No seas bueno conmigo. Utilízame, le dijo. Y luego arrójame a la calle.

El cubano la ignoró. Pensó que trataba con una mujer de su Habana natal. Y comenzó a mostrase con Alexia en público. Le asignó una butaca especial en el estadio. Ella lo acompañaba a cada partido. Porque al cliente lo que se le antoje. Y Alexia no estaba vendiendo sexo. Ofertaba probidad. Una probidad que tuvo un efecto dramático en el cubano. En la pretemporada comenzó lanzando una curva de noventa kilómetros por hora, pero con dirección al cielo. Después de Alexia siempre encontraba la zona de estráik. La verga le sentaba bien a Wilmar. La verga es cábala. La superstición inherente a varios beisbolistas le sugería al cubano que había logrado controlar su curva gracias a que partido a partido Alexia ocupaba una butaca del estadio Revolución.

Y la relación se convirtió en un juego de amuletos. En un intercambio de sortilegios. En el vestidor de Vaqueros estaban vedadas las bromas acerca de la condición sexual de Wilmar. El cubano hijo de puta había blanqueado a Tijuana, Saraperos y Sultanes. Con la calentura de ese brazo conduciría al equipo al campeonato. Un trofeo que urgía, que ansiaba la afición desde hacía más de veinte años.

Mientras otros jugadores se deslechaban mentalmente con las porristas o con edecanes de Tecate, Wilmar se paseaba orgulloso y confiado por la ciudad con Alexia. En las entrevistas se podía ver la figura contrariada de la «vestida» atrás del pelotero. En el cine, en restaurantes, en reuniones con las esposas de los otros miembros de Vaqueros, Alexia estaba presente. Y la indignación se manifestaba en algunas familias de los jugadores, pero estaban amenazados por el couch de picheo y por la directiva. «Señores, quien no esté conforme con la situación puede salir por la puerta». Nadie se atrevió a defender su postura. Aunque al interior de las relaciones reprocharan su trato con Alexia: por qué debemos de convivir con ese puto asqueroso.

Las medias sucias, la gorra sudada y Alexia eran los amuletos que promovían las lucidotas que se despachaba el cubano en el montículo. «El mejor abridor en la historia de Vaqueros», aseguraba el encabezado de La afición, diario deportivo. Alexia se hizo indispensable también para las giras. Un fenómeno que observó el manager. En una salida a Puebla, contra los Pericos, Wilmar fue un costal. Le tupieron en el juego que abrió. A la siguiente semana Alexia viajó con el equipo. Wilmar se sobró contra los Diablos Rojos del México. Ponchó a dieciocho. Vaqueros blanqueó, barrió y abarató a Diablos.

Conforme los días se sucedían, Alexia se convencía más de que era una reencarnación de la Marga López de Salón México. Asistía a comidas, a cenas en casa de los directivos de Vaqueros. Su atuendo se había modificado. La transformación jamás abandonaba a Alexia. La ropa otrora vulgar se volvió costosa. Una «vestida» del Palacio de Hierro. Y siempre que alguien cuestionaba a Wilmar por qué no se conseguía una morrita o una puta refinada, él respondía: «El amor cuando es sincero lo mismo se encuentra en un castillo que en una humilde vecindad».

A regañadientes, la figura de Alexia fue aceptada dentro del círculo nais. Despertó simpatía en algunas señoras. Las movía su condición de loquita. Las ablandaba. Sin embargo, otras la odiaban, no por ser «vestida», sino por la horrenda nariz. El recordatorio incesante e incoherente que laceraba a La jota de Bergerac.

No se pueden cifrar las esperanzas de un equipo en un solo hombre, no se pueden condensar los favores de una puta en un solo cliente, se decía Alexia. Esta reflexión coincidió con el inicio de los playoffs. Vaqueros recibiría a Monclova. Faltaban dos meses para el concurso. La emisión reciente del Miss Gay premiaba con cinco mil pesos a la ganadora. Miss Gay era solo una expresión. No era un certamen para homosexuales. Era una competencia para «vestidas». Y Alexia perdía. Desde su afer con Wilmar solo le había sonsacado la ropa y un par de zapatos Manolos traídos desde Houston. Pero ningún peso.

Una tarde, después del entrenamiento, Alexia le exigió a Wilmar que cumpliera su palabra. Quiero operarme, le ladró bien perra.

Pero, titi, dijo el cubano, tú no eres más una puta. Ahora eres la mujer de Wilmar Hernández. Olvida eso. Nosotros ganamos el campeonato y te llevo a Cuba para que conozcas a mi familia.

Te recuerdo que estoy aquí para putear, aseguró convencida. Y tú me prometiste la cirugía. Sé un hombre. Cumple tu palabra.

Titi, no sigas ma. Te juro que te operan, pero hasta después de los playoffs. Y hasta te llevo de vacaciones a Nueva York, chica, cojones.

No, Wilmar. Nueva York ni una mierda. ¿Quieres que te respete? Cumple tu palabra. Sé un hombre. Dame el dinero para la cirugía.

Tú no puedes hacerme esto. ¿Y los zapatos, los perfumes, las cenas, qué?

Métetelo todo por el culo. Solo me interesaba la operación. ¿No comprendes? Quiero deshacerme de esta nariz.

Tú lo que eres una puta salá. Coño, he invertido en ti lo de tres operaciones. No me quieras sacar más fulas.

Fue su primera pelea. El duelo de sortilegios había sucumbido al duelo de intereses. Wilmar la necesitaba, Alexia lo necesitaba. Requería la operación. Quería conquistar Londres, Inglaterra entera. Y comenzaría por La rueda. Por ganar el Miss Gay.

Abatida, Alexia dejó el departamento del cubano. Nunca había aceptado vivir con él. El día que Wilmar dejó el hotel, ella se negó a ser su sirvienta. Como cada noche, regresó sola a casa de su mamá. Se prometió a sí misma conseguir el dinero. Era viernes. Y estaba lista para salir a putear al día siguiente.

El sábado temprano Wilmar se presentó en la vecindad donde vivía Alexia. Era impensable lanzar el primero de la serie sin su presencia.

La jota, haciéndose la ofendida, muy digna ella, agarró sus tiliches y siguió al pícher. La rabia que la había sacudido toda la noche desapareció en cuanto vio al cubano. Las transformaciones incesantes que Alexia conocía ahora se trasladaban a Wilmar. No era el mismo a los ojos de ella. Con el negrón vino lo snob (el servicio al cuarto, las llamadas por celular, el refrigerador para mamá), el cariño, la saciedad. Pero aportó también odio y el recuerdo. Ante ella Wilmar se metamorfoseó en José, su tío. Su primer, su único amor.

José era el esposo de su tía, la que le organizara el «Pelucón». Una colecta para un niño que no desea un carro de bomberos sino vestirse de mujer. Ser suave como gaviota pero felina como leona. Un puberto que sabía de memoria todas las canciones de Lucía Mendez, Lupita D´Alessio, Marisela, Estela Núñez. Un lolito que soñaba ser el ama de casa perfecta que cuidara y alimentara a su tío-amante-padrote.

El día que se presentó frente a José convertida en toda una reina su amor se consumó en la cama. Y la llama duró apenas unos instantes. Al ser descubiertos por la tía, Alexia fue desterrada para siempre de la familia. A José se le impidió volver a verla. Y Alexia, como la niña de Guatemala, murió de amor. Y resucitó al tercer día en la calle. En la esquina de Muzquiz y Juárez. Afuera de La rueda. Volvió a este mundo a putear. A absolver a los hombres del pecado. A purificarlos con su oficio.

Alexia Magdalena siguió a su Jesucristo negro. Aún quedaba un muro en pie. La jota de Bergerac lo seguía para no perder la fe. Imaginaba que Wilmar sostendría su promesa. Qué importaban las marcianas, tanta loca y el Miss Gay. Se operaría al finalizar la temporada. Estaría lejos de todo, de la ciudad, del pasado. Dejaría de ser un animal herido. Tendría nariz nueva en un sitio nuevo. Nadie sabría lo que había padecido por culpa de su antiguo defecto. El recuento de los daños, como decía su ídola Gloria Trevi. Y no volvería a oír el maldito apodo La jota de Bergerac.

Los Acereros de Monclova, favoritos para ser campeones, no pudieron contra el brazo de Wilmar. Vaqueros pasó a la segunda ronda. La relación entre Alexia y el cubano parecía un matrimonio con veinte años de antigüedad. No había sexo. Ni explosivo ni rutinario. Todo se resumía al momento en que Wilmar se paraba sobre el montículo y ella posaba en una butaca vip.

Horas antes del primer duelo contra los Saraperos, Wilmar fue llamado a la oficina del dueño del equipo. Se le notificó fríamente que al finalizar la temporada sería trasladado a los Potros de Tijuana. Su estancia sería breve, tal vez dos o tres meses. Sería trasladado a los Yankees de Nueva York. Jugaría con los prospectos un año y después pasaría al primer equipo. Se hablaba de él como el sucesor del Duque Hernández.

La concentración de Vaqueros se realizó en el hotel Palacio Real. Frente a La plaza de armas. Cada cuarto era ocupado por dos jugadores. Excepto el 502, compartido por Wilmar y Alexia. A partir del triunfo sobre Monclova, la sola historia del cubano y la «vestida» se bifurca. La historia irreversible: para ella. La militancia puteril que solo arroja como testimonio la desazón que produce una cirugía que se larga volando. Y la historia reversible: la de él. Capaz de observar solo la rehabilitación de su protegida. La resucitación. Como una nueva Lázaro, la «vestida» fue extraída del mundo de los muertos.

La vida de Alexia no termina como una historieta de tabarete. Con ella desconsolada, engañada. Aterida. Incompensada. No yace como víctima del Libro semanal. A cuatro días de su segunda aparición contra Saltillo Wilmar apeló a sus derechos. Lo asaltó la necesidad de sentir la violenta verga de Alexia en los pliegues del ano. Irse a cagar con dolor en el culo. Secarse un poco de sangre con el papel. Limpiarse con cuidado. Para recobrar la fuerza en el lanzar. Ganar confianza. Ahora no le importaba nada. Ni Alexia. Solo trascender. Se sabía observado.

Y para efectos de su historia, la penetración no significó gran cosa. Se vivió en dos planos. El superfluo: para él. Y el profundo: para ella. Wilmar saltaba sus temores con el dolor. Alexia se colocaba en un pasaje que le hacía confiar en la operación. Y vino entonces lo que nunca debe venir: la sinceridad. La honestidad traidora. Postcoital. Que apuñaló a Wilmar, al sentirse obligado a comunicarle a Alexia que lo transferían a Tijuana. Un silencio portátil apareció. Había surgido de un maletín. Como si el silencio hubiera estado transportándose incansable. A la espera del instante idóneo para emerger.

A veces conviene no decir nada, pensó Alexia. Se levantó. El portafolio continuaba auspiciando la falta de sonidos dentro de la habitación. Incluso cuando azotó la puerta, los tímpanos de ambos se mostraron inalterables. Salió del hotel, cruzó la calle. Volvió a donde pertenecía.

El pelotero la observó desde la ventana, convencido de que ella sospechaba que no le entregaría el dinero para la operación. Que viajaría sin ella.

Alexia ocupó una banca de La plaza de armas. Con desenfreno, el cubano esperaba que desapareciera. Pero no lo hizo. Por primera vez en su vida, Alexia pensaba en el campeonato. No en su nariz.

Aquel chiste viejo: «La que es bonita: es bonita. La que no: que se opere», le sonó amargo. La laceró, la masomeneó. La petrificó. La nariz se impuso sobre la vanidad. Esa nariz de estatua por fin había logrado inmovilizar a la jota. La incansable, nunca derrotista «vestida» intuyó que jamás se desharía de su trauma. Nunca abandonaría la noción de ser La jota de Bergerac. Compungida, bergeraciana, volvió al hotel. Al entrar, escuchó que Wilmar le decía Tesorito.

Cómo se explota una necesidad, se preguntó Alexia. Cómo obligo a este hijo de puta a que cumpla su palabra. ¿Y si me voy? No podrá lanzar. Quedará en ridículo. Alexia no podía traicionar al cliente. Aún a costa de su nariz. Esa nariz que en ocasiones menos desventuradas había escarbado con dedicación en el ano de Wilmar. La nariz del tamaño de la manzana de Adán. Quienes convierten su vida en un desagüe terminan por sentirse fascinados con la mierda que arrastra. Quien edifica un infierno con humo de cigarro acaba por apiadarse de sus ínfimos diablillos.

«No se murió el amor», la voz de Mijares sonaba en el lobby del hotel. Alexia había salido a comprar cigarros al Oxxo. Se detuvo un momento a observar su reflejo en la puerta giratoria. No era más Alex, Alexia o La jota de Bergerac. Reconoció en su presencia la gatonomía de Marga López en Salón México. Solo así pudo explicarse cómo era posible que renunciara a la operación. Era mentira lo que las jotas averiguaban, que su nariz era un detector de metales.

Era tarde para pensar en el Miss Gay. Incluso era tarde para el amor, jódete Mijares, pero nunca sería tarde para ser la Marga López, para arrastrase, venderse, anegarse por la causa de otro. Por el triunfo de Wilmar.

Triunfo que consiguieron los Vaqueros en la serie contra Saltillo. Partidos en los que Alexia desfiló, desde el estacionamiento hasta su butaca reservada, sin pensar un solo instante en su nariz. Ni siquiera en el Miss Gay. Era la primera vez que se ausentaba del evento en doce años.

La noche que se disputaba el sexto juego ante Saltillo Wilmar necesitaba de su amuleto. De su reina. No importaba que ella hubiera perdido toda noción de Londres. Todo acercamiento al cetro era estéril. Alexia no dejaba de asumirse como Marga López. Que chingaran a su madre los jurados, los jotos y las «vestidas». Era más importante ganar el partido.

Una masomeneada Marga viajó a la Ciudad de México para el primer encontronazo de Vaqueros contra Diablos. Era la serie por el campeonato de la Liga Mexicana. Wilmar lanzaría el primer partido. La prensa pretendía ridiculizar al cubano. Hacía mofa de su acompañante. El Universal destacaba que el pícher era un fuera de serie, pero no solo por su efectividad, sino por sus aficiones. Ya todo el público conocía las preferencias sexuales del pelotero.

Vaqueros ganó los dos primeros partidos en la capital. Volvieron a tiempo a la provincia para la marcha del orgullo gay. Wilmar sería el pícher abridor del cuarto de la serie. Alexia le informó que no asistiría al juego. ¿Pero estás tú loca, titi? Tú eres mi San Lázaro. Tú eres mi Changó. Imposible. Manifestaciones gay hay cada año. Un campeonato casi nunca. Quédate. Ya tú verás que si ganamos, te compro la nariz de Thalía.

Nunca me he permitido faltar a una marcha, se defendió Alexia.

Renunciar a su credo era como pedirle a un guadalupano que no se parara en la Basílica un doce de diciembre. No era por puro vedettismo. Era una convicción. Titi, tú estate conmigo. Nos vamos a Tijuana. Me van a transferir. ¿No te gustaría empezar una nueva vida? ¿Estrenar nariz?

Después de que su tío la decepcionara, Alexia solo había deseado una cosa, recluirse en un convento. Estaba chiquilla, no entendía lo genérico. Su mamá tuvo que explicarle que no podía convertirse en monja porque era hombre. ¿Te gustaría entrar al seminario? Hubiera sido el paraíso. Pero la ingenuidad y la ignorancia le robaron la dicha. Estaba tan enojada con los hombres. No advirtió que en el sacerdocio encontraría la dieta para zurcir sus heridas y sus apetencias.

Desde que había descubierto que no podría ser monjita no se atrevió a desear nada. Se negaba el consentimiento. Solo se permitía el calor de los muchachos. Pero no eran un entretenimiento, eran su vida. Aunque ella no representara lo mismo para ellos. Alexia, como otras «vestidas», sabe dónde se encuentra su existencia. Siempre se preguntó por los mayates, ¿dónde estaban ellos? Se dividían entre sus adicciones, sus esposas, las «vestidas», el trabajo. Nunca se les localizaba en una circunstancia. Las «vestidas» no eran así. Conocían sus terrenos. Siempre podrían encontrarlas ahí: en la verga.

Alexia volvió a encender el anhelo solo hasta que se enteró de que la cirugía plástica podría borrar la identidad de las personas. Ella necesitaba ser otra. El mismo cuerpo, el mismo culo, el mismo caminar, pero otra. Y esa Alexia estaba tan próxima. Tan cercana. Bastaba que el cubano esgrimiera la chequera. Por eso su desesperación junto a Wilmar la rebasaba. El sacrificio es sacrificio porque no conoce límites.

¿Huir de la nariz? ¿Sería posible?

¿Y mi mamá?, preguntó Alexia. No voy a dejarla solita. Lavando ajeno no completa.

Ese no es problema. La llevamos con nosotros. Ve, avísale que nos vamos después del partido. No creo que vaya a alargarse la serie. Este no lo pierdo. Contigo en las gradas, titi, voy a lanzar puro Grandes Ligas. Junta tu equipaje, despídete de tus familiares, vende los muebles, que desde ya eres ciudadana de Tijuana.

Es una pena, mana, le dijo la Japón, una «vestida» del barrio. Que te pierdas la marcha. Pero ni modo. Tienes que acompañar a tu marido. Lo que daría yo por ser la amuleto de un cácher.

Es pícher, pendeja.

Paulina, alias la Japón, como otras «vestidas» del rumbo, se acercó a la venta de cochera. El alboroto había atraído a tanto joto, que aquello parecía una convención de súper héroes portando su identidad secreta. Quien piense que no existe solidaridad entre las «vestidas» debería observarlas en la vida diaria. Toda la rivalidad existente desaparece. Sin cliente no existe presa que disputarse. En lugar de ser las panteras carcomidoras de la noche se asemejan a un grupo de amorfos flamingos rosa a güevo que desfilan por la pasarela que es el mundo. Por supuesto nunca descansan. Su modalidad de pájaras les permite seguir detectando al mayate.

Te sacaste la lotería o por qué estás echando todo para fuera, preguntó la Japón. Ay, no, babosa. Me caso. ¿No? Cállate. Van a transferir a Wilmar a Tijuana. Nos vamos mi mamá y yo con él. Me va a comprar casa. Ay, culera, qué suertecita. Cómo le haces. Te va bien a pesar de la naricita que te cargas. Alexia agachó la cara, pero de inmediato levantó la frente. Cómo serás liosa, pinche Japón. No seas malvibrosa.

Es que me da envidia, culera, dijo. Entonces Alexia lo vio venir. No es que la Japón no supiera cómo decírselo, estaba esperando el momento ideal. Sí, Bruce Wayne podía auxiliar a Clark Kent, pero Batman no es aliado de Superman. No importa que anduvieran de civil, las «vestidas» no perdían nunca sus súper poderes.

Ya eres la segunda que se larga a Tijuana. ¿No sabías? La Molko anda vendiendo sus triques. También se va con un beisbolista.

No hicieron falta las explicaciones. Las aclaraciones. Una «vestida» sabe que la información que maneja otra «vestida» es veraz. No se atreven a mentirse ni a sí mismas. Alexia comenzó a llorar. A la Japón le remordió la conciencia. Ay, hija, estaba enterada desde hace tiempo. Todas lo saben. Hasta tiene un palco en el estadio. Nadie se atrevía a venir con el chisme. Pero no me aguanté, tú aquí, deshaciéndote de tus pertenencias, malbaratándolas, con el trabajo que te costó juntarlas.

Gracias, mana, le dijo a la Japón. Entró a la casa. Mamá, no vendas nada. Mete las chivas. Al verla llorar, su mamá la abrazó.

Qué pasó, hijo. Nada. No nos vamos a Tijuana. Pero por qué, ya tengo listo mi pasaporte. No estoy bromeando, mamá. Se acabó. Lo mío con Wilmar tronó. Por qué. Qué hizo. Me engañó. Anda con la Molko. ¿Y eso qué es? Es una «vestida». Maldito traidor. Es casi una niña. Y cómo sabes, quién te dijo. ¿Los viste? Toda la comunidad sabe. Soy la burla de todas. No solo se ríen de mi nariz. Ya hasta me pintan cuernos.

Yo creo que debe haber un error, hija, Wilmar es un buen muchacho. Vino a hablar conmigo. ¿Te digo un secreto? Me pidió tu mano. Me dijo que antes de irnos se casaría contigo por la ley esa. La que permite unirse a dos personas del mismo sexo. Nomás faltó que sacara el anillo.

Es un cabrón. Un mentiroso. Tarde o temprano me pagaría mal. Con razón ya no se metía conmigo. Me quiere solo para que sea su monigote. Y esté ahí sentada dándole la suerte que no le sale de los güevos. Ya no me lleva a fiestas. Ya no me presume. Seguro se exhibe con la Molko. Pero se le acabó su pendeja. Que se consiga otra superchería. Que aplaste a la Molko en la butaca.

Estaba decidido. Participaría en la marcha gay. El campeonato que se vaya a la chingada. Que se los chinguen. A mí me vale madre el béisbol. A mí me gustan las pelotas y el bat pero de carne, y ni eso me da el pendejo. Chingue a su madre Marga López, dijo. Arriba la D’Alessio. No acudiría al juego ni a mentadas.

Como si el dolor no fuera el suficiente, deseó comprobar la traición. Dos días antes del partido observó el carro de Wilmar estacionado afuera de la maquila donde trabajaba la Molko. Salió la jota vestida de obrera, pero con los labios pintados, y subió al carro del pelotero. Siga a ese auto, le dijo Alexia al taxista. Se enjaularon en un motel. Pinche cobarde, dijo Alexia. No tiene el valor para llevarla a su casa. Así son, joven, le dijo el chofer. Si le contara lo que he visto en este taxi.

Al día siguiente, veinticuatro horas antes del cuarto juego y de la marcha, sonó el teléfono en casa de Alexia. La jota tuvo que agacharse para contestar. Había vendido la mesita donde descansaba el aparato. Con qué sacrificios la había comprado, en abonos. A veces, su mamá tenía que esconderse del cobrador. Y tuvo que rematarla en sesenta pesos.

Era Wilmar. Titi, quiero verte. Quiero restregarme en ti desde ora pa que me entres suerte. No sabes cómo se me antoja que me des una mamaíta.

Mira, cabrón. No voy a ir al estadio. Déjame en paz. Ya has abusado suficiente de mí. No concursé en Miss Gay por andarte solapando tus pichaditas. ¿Y qué he sacado? Pero, titi, ya yo te dije que te voy a fincar en Tijuana. Ya tú tienes tu cirugía asegurada. Hasta con la vieja vamos a cargar. Qué ma ocupas.

Quiero que me dejes en paz. Ya te dije, no voy a ir a tu puto juego. No me busques más.

Pero por qué te pones así, titi. Tú eres la reina. Cómo vas a dejar a tu king sin damisela. Después de mí eres la pieza ma importante del equipo. La jefa. La capitana. Tú me haces valer. 

Consíguete una princesa, le gritó. Pero titi, no me hagas esto. Emputecida, Alexia colgó el teléfono. Cuánto tenemos de la venta, le preguntó a su mamá. Como dos mil pesos. Dámelos. Pero ay, hijo, luego cómo vamos a reponer las cosas. No te preocupes. Voy a trabajar. Para qué quieres el dinero. Me voy a comprar un vestido. Mañana voy a desfilar por la ciudad. Participaré en la marcha gay. Pero necesito el vestido más bonito, tengo que lucir más bonita que todas la culeras esas que van a desfilar.

Intentó comprar una pistola en el mercado negro pero no completó. Con eso apenas acabalas una pistola para el pelo. También tenemos pinzas. Planchas.

Tras vagar quince minutos por entre instrumentos de embellecimiento se tranquilizó. Su misión en la vida era ser bonita, no asesina. Quería la pistola para protegerse, pero qué podía hacerle Wilmar que no le hubiera hecho ya la vida. Decidió que sí se mercaba el vestido. No sin antes ponerse una buena borrachera.

Prefirió no entrar a una cantina de jotos. Seguro que ahí andaba alguna que conociera su desgracia. En el ambiente todas las locas se conocen. La verían como a la jota defectuosa que cambiaron por una niña. Pero todavía ni cuerpo tiene. Yo no sé qué le vio el cubano. Ay, pues lo mismo que le veía a la otra monstrua. Cada adefesio que escoge. Ese cubano está bien flipado.

Se metió a un lady’s bar. Por primera vez en su vida observó a los tipos sentados en la barra. Estaba segura de que detrás de cada uno se escondía una pena tan mayúscula como la que la atormentaba a ella. Este razonamiento la hizo reconocerse como hombre. Desde la primaria no se asumía como varón. Un tipo a su lado, un fanfarrón, el don Juan sin encanto, lo invitó a un teibol, pero se negó. Para entrar en confianza, se recorrió unos asientos. Y a un lado del don Juan, estaba el clásico pastor sin rebaño. Borracho arrepentido, comenzó a sermonearla. El alcohol era el diablo. Te vas a ir al infierno. Yo me redimí. Ando aquí de paso. Soy un buen católico.

Ignoraba por qué se le ocurrió meterse a una cantina. Nel, ni madre, se dijo. No soy bato. Tampoco soy mujer, pero soy «vestida». Si este es el mundo de los hombres prefiero el de los jotos. Y huyó de la cantina. En cualquier otra circunstancia hubiera intentado levantarse a cualquiera de los dos. Pero estaba tan deprimida para darse cuenta de lo que aquellos pobres necesitaban: una mamada. Un agujero donde meter su maldita soledad. Entonces le cayó el veinte de lo sucedido. Wilmar le dolía. Había confiado en él. Pinche Alexia tan pendeja, se dijo. Te volvieron a timar.

Derrotista, la necesidad de pisar sus terrenos la empujó a caminar por la Morelos. Quería sentir el desdén de la calle. Era la primera vez que paseaba por aquellos rumbos sin andar «vestida». En Morelos esquina con Blanco estaban taloneando la Japón y la Yadira. Mírate nada más como andas, joto, dijo la Yadira. Disfrázate, asustas. Cómo te atreves a salir así. Vas a perder el poco reiting que te queda.

Ando echando una vuelta. ¿A poco crees que vas a levantar algo así? Ve a vestirte. Nos vas a espantar a la clientela. Van a creer que andas asaltando. Nada más vine un ratito. A ver la calle. Y qué le ves. Como si no la conocieras. De aquí no sales. Ya vete a dormir. Cómprate unas caguamas. Tómatelas en tu casa. Es que quería verlas a ustedes vestidas, mana. Se ven bien bonitas de Barby piruja. Ni que nunca nos hubieras visto. Ya vete. Duérmete, loca. Traes una cara. Pareces lesbiana.

¿Te pedimos un taxi?, le preguntó la Japón. Pero Alexia no la escuchó, se alejó caminando rumbo a la Alianza. Pobrecita, dijo la Japón. Anda flipando. El beisbolista la cambió por la Molko. Le prometió casa, boda y cirugía, creía que ya se había roto la maldición de su pinche narizota. Me da lástima. Pos qué pendeja. Tan vieja y creyendo en cuentos de hadas. Eso que lo deje pa la Molko. Babosa, cómo se la creyó. Ay, no digas eso, se enamoró. Creyó que había encontrado el amor. Por eso digo: pendeja. Sabe que en esta profesión no se puede enamorar. Pero qué se puede esperar. Todas las jotas de San Joaquín han estado siempre bien dañaditas.

Alexia remató en el barrio, en casa de la Beneficencia Pública: una jota sidosa que recogía jotas sidosas que recogían jotas sidosas. Ya casi nunca se vestía, por eso estaba todos los fines encerrada. Ya peda, Alexia se desahogó con la Beneficencia Pública. Ay, hija, qué quieres que te diga. El matrimonio es para los jotitos que son hijos de familia. Eso no es para nosotros. Desde chiquilla te la diste de curra. Pero tarde o temprano te van a caer puros albañiles roñosos. Es nuestro destino. No soy una jota filosófica. Obsérvanos a todas. ¿Has visto a una feliz? Somos monjes budistas sin la iluminación. Así como ves este patio, todo cagado por las gallinas, es nuestro monasterio.

La Beneficencia Pública ya anda peda, dijo una loca.

Eh, calmadas, culeras, déjenme desplayarme. Alexia despertó cruda. Era sábado. Le apestaba la boca. Su cuarto estaba lleno de rosas rojas. Wilmar sabía que a Alexia se le mataba con ellas por la canción de Alejandra Guzmán. Parecía una epifanía. Como si el joto hubiera despertado en el paraíso.

Del arreglo más grande colgaba una tarjeta. Perdóname, titi. Te amo. Firma: Wilmar. La jota no se sorprendió. Ni cuando vio el hermoso vestido que la esperaba colgado de un clavo en la pared. Vino tu prometido, le dijo su mamá. Te ha buscado por todas partes. Me enseñó unos boletos de avión. Dice que confía en que van a ganar el campeonato. Quiere que vayas al partido. ¿Ya viste qué lindos zapatos te compró?

Las jotas son tipos duros. Alexia no se conmovió por los detalles. Sabía que Wilmar era una especie de «vestida». Un pobre jodido que no valía un peso en Cuba. Que pedía limosna de niño. Si no fuera por su brazo, jamás habría abandonado la isla. Ni siquiera era original. Se comportaba así porque lo había visto en las películas. Pero ni aunque lanzara con el brazo de Dios, ni aunque fuera a remplazar al Duque Hernández, ni aunque fuera el King Hernández, podría ser como Miguel Inclán o Pedro Armendáriz. Con ella no funcionaban más esos trucos baratos.

Como ya tenía el vestido, se ahorró la vueltota al centro. Evitó el vampirazo. La marcha era a las seis de la tarde. El partido comenzaba a las siete. Planeaba salirse de su casa a las cuatro, no fuera que apareciera Wilmar. Aunque a esa hora debía estar concentrado. Pero era capaz de mandar a alguien por ella. Con tal de servirse de su amuleto pediría que le llevaran a Alexia de las greñas. Para protegerse, echó una navaja en su bolso. No sabía cómo una 07 podía ampararla contra tres o cuatro atacantes, pero de todas formas la cargó.

¿A dónde tan guapa?, le preguntó su mamá. ¿Ya te vas a la marcha? Apenas son las dos. Voy a comprar unos Alka-Seltzer. Vete en chanclas. Se te van a arruinar los tacones. No. Que salgan fodongas las otras jotas. Las Rina de la cuadra. Yo soy Rubí.

Caminó a la tiendita. ¿Ya arreglada tan temprano, Alexia? ¿Vas a marchar? Ni cuando te tocaba hacer el servicio militar madrugaste, le dijo la ñora de la tienda. No lo hice. Me metí con uno de los soldados y me mandaron bola negra. Mira qué vestidazo. Vas a lucir entre el joterío. Clara, este año cumplo quince de «vestida». Debo aumentar el glamur.

Saliendo de la tienda la atajaron dos sujetos. A dónde vas, joto hijo de tu chingada madre. Súbete, súbete. Tú eres Alexia. No te hagas pendeja. Nadie tiene una narizota tan culera como tú. Ay, no señor, me confunden. Yo me llamo Raúl. ¿Ah, sí? Pero cómo te apodan. Cuál es tu nombre de «vestida». Paulina Rubio. ¿Crees que nos haces pendejos? Te crees lista. Aparte de narizona, comediante. A nosotros no nos la pegas. Eres La jota de Bergerac.

Para que Alexia supiera que no se andaban con mamadas, uno de los guarros le acomodó un puñetazo en el esófago. Alexia era de esas jotas que cuando las madrean hacen más escándalo que la Pájara Peggy. Ay, por qué me pegan. Yo no me he robado nada. El vestido me lo regalaron. Cállate, no seas chillón, puto jijo de tu perra madre. No finjas demencia. El vestido nos vale madre. Sabes bien por qué estamos aquí. No, no sé. Lo juro, señor.

La arrinconaron en un cuartito en la casa de una colonia que no conocía. La violaron entre los dos. La patearon. Pero lo que más le dolió fue que le arruinaran el maquillaje. Que le echaran a perder el vestido. Que le embarañaran la peluca. Cuando se cansaron de darle en la madre le escupieron. Cuando se les acabó la saliva le llovieron mentadas de madre. Cuando se aburrieron la orinaron. Hasta que por fin la dejaron ahí tirada. Desgraciada. Vamos por unos lonches, pareja, dijeron los guarros antes de que se desmayara.

A las cuatro de la tarde abrió los ojos. Le faltaban dos dientes. Un tacón estaba roto. Comprobó que estaba sola. Buscó su celular en la bolsa. Se le había terminado la batería. Se encaminó a la puerta dispuesta a escapar. Antes de girar la perilla, se engarrotó. Un carro se detuvo afuera de la casa. Pensó que eran los guarros, que volvían a seguir puteándola. Se encerró en el baño. Chingada madre, pensó. Dejé el celular afuera, lo había puesto a cargar, como jota prevenida que era no salía sin su cargador. Orita me van a madrear bien bonito. A ver si no me lo quiebran, los culeros. Ahí traigo los teléfonos de todos los cirujanos de la ciudad.

Era Wilmar. Alexia, Alexia, gritó. La jota abrió la puerta y lo vio con el uniforme de Vaqueros puesto. Qué te han hecho. Yo solo quería meterte un susto. Mira cómo te han puesto estos gonorreas. Titi, pareces Jesucristo. Alexia comenzó a llorar. Se dejó caer de rodillas frente a su hombre. Wilmar, yo te amaba. Por qué, Wilmar, por qué. Titi, ahora eso qué importa. Mírate, necesitas que te atiendan. Vamos al sanatorio. Orita mismo te compro otro vestido y te mando a la estética. Necesitamos darnos prisa para llegar al parque. Te prometo que vas a quedar más bonita que la Virgen de los Remedios.

Alexia comenzó a arrastrase. Podía estar expuesta a otra madriza, podía perder la vida, pero la bolsa no la soltaba. Se abrazó a las piernas de Wilmar. Titi, vamos. Andamos cortos de tiempo. Ya tú verás lo buenona que te van a dejar. Te prometo que después del campeonato te entro a la plancha pa la cirugía. Por qué, Wilmar, gritó Alexia. Yo te amaba. Por qué me engañaste. No sé de qué tú me hablas, titi. Vamos. No hagas tanta pantomima. Tú sabes que eres la única. Tú eres la queen.

Alexia, llorando, le sacó a Wilmar el miembro. Qué bonito contrasta el negro del miembro con el impecable uniforme blanco, pensó Alexia. Lo sopesó. Lo acarició. Lo admiró. Y comenzó a mamar. Fue una soplada de antología, como si estuviera despidiéndose de la vida. Entonces lo pensó. Si alguna vez le preguntaban cómo le gustaría decirle adiós al mundo, sería con una mamada como aquellas. Morir asfixiada por la verga de un beisbolista cubano. Wilmar se relajó. Date prisa, titi, que tenemos que acercarnos pal parque.

Pero qué buena mamada, dijo con las manos sobre la peluca de Alexia. Apenas soltó el gemido que anunciaba que estaba eyaculando, Alexia sacó su navaja del bolso y le cortó el miembro.

La sangre le saltó directo a la cara. Todos los penes que había desinflado en su vida despedían leche. Nunca había vaciado la sangre de alguno. Wilmar se tiró al piso. Alexia nunca lo supo, pero en la cartera, el cubano llevaba un cheque en blanco a nombre de ella. Por si se hacía la dura. Por si no le creía. Por si no aceptaba seguirlo al partido. El cheque para pagarle a un cirujano.

Por el paisaje, la jota calculó que estaría a media o una hora de la ciudad. Anduvo a pie por orilla de la carretera. Ningún taxista se animaba a levantarla. Se trepó a un camión. Para no llamar la atención se fue hasta el fondo. Delante de ella viajaba una señora con un niño. Mami, preguntó el chiquillo, por qué tiene la nariz tan grande ese señor. Era el colmo. Ni aunque anduviera «vestida», madreada y manchada de sangre lograba superar la obscenidad de su nariz.

Una hora y media después, a las 5:45, llegó al centro de la ciudad. Se bajó del camión y tomó un taxi. Nomás no me vaya a manchar los asientos, le dijo el ruletero. Se bajó en Donato Guerra. A lo lejos alcanzaba a divisar un carro alegórico. La calabaza de Cenicienta decorada con condones inflados. Caminó hacia la Alameda. El sitio desde donde partiría la marcha. ¿Qué te pasó?, le preguntó la Pashion, la jota organizadora. Me asaltaron, respondió Alexia y escupió un diente. Pues yo no puedo dejarte marchar así, joto. Eres una piltrafa. Quítateme de en medio que me estorbas. Ya vamos a salir. Dame chanza, Pashion. Me violaron. ¿Y qué haces aquí? Vete a la Cruz Roja. Ándale, Bergerac, no me afees el espectáculo.

Agüitada, Alexia fue a sentarse a una banquita.

Entre vítores, el joterío salió argüenderoso. La marcha tomó la avenida Hidalgo. Alexia se resistió a quedarse sola, en la banca rota, en un cordón de la Alameda, acompañaba al puterío caminando por la acera. Se le veía rengar a la par de las locas de la ciudad vestidas para matar.

A la altura de Hidalgo y Colón se unió al chou. Protagónica, se incorporó al frente de la marcha. En primer lugar, en el sitio que debía ocupar la reina del Miss Gay. Quiso sacar una pañoleta de su bolsa pero solo encontró el miembro de Wilmar. No le importó, igual lo agitó en lo alto. Y marchó. Con la frente levantada y el pene ensangrentado en la mano, marchó. Con dignidad, marchó. Encabezando la procesión.


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